Nos sobraba veneno. Nos quemaba dentro. El corazón era un gato en celo. Las palabras se quedaban prendidas de la ropa de la cama. Hubiéramos muerto en un hotel cualquiera, con moqueta azul acero, con el grifo del lavabo aquejado de líquenes de cal, con vistas a un mar carbonizado por el sol, tú apunto de dormirte y yo merodeando, tú entre tinieblas y yo por desfiladeros, tú al borde y yo un segundo después de haber tocado fondo, llenos de gloria, de poemas con cabinas telefónicas y circuitos cerrados de televisión, y viejas pesadillas, y sonrisa veladas, y aeropuertos.
Luego hicimos el amor, nos corrimos y salimos al balcón. Hacía frío y nos tapábamos con una manta. No había ni una nube en el cielo. Las estrellas, en vez de derrumbarse, nos absolvían, y a lo lejos un carguero cruzaba de lado a lado el horizonte. Y yo te dije que tenía que haberte agarrado por la cintura aquel día, con el sol cegador a la espalda, y que luego estuve apunto de volverme loco, y cada beso que no me diste entonces me pesaba como a un creyente un pecado mortal, como una condena, como si ya no hubiera posibilidad de brillar, y tú te giraste y me dijiste algo al oído.
Palabras rotas, vidas cruzadas, maletas, apartamentos céntricos, ruido, giros postales, glorietas con viento, cedés, pómulos, libros con tréboles, tirabuzones, peleas en la cocina, planes torcidos. Es tan difícil volver a brillar.
