lunes 30 de noviembre de 2009

Cuando volvamos a Turín

El sol estaba en lo más alto de la bóveda celeste (qué mono quedaba decir aquello de bóveda celeste), y brillaba tanto que desintegraba algunas regiones del mar, dejando al descubierto haces de luz blanquísima, informe, que es lo que hay, dedujimos entonces, debajo tanta agua. Y eso que el invierno, ese invierno eternamente demorado de finales de década, ya estaba encima de nosotros, como un soldadito que vuelve del frente hecho un hombre y se tumba encima de su novia aun pueril. Los perros no dejaban de ladrar en la parcela, como si tuvieran la esperanza de espantar el frío, y nuestros vecinos nos lo reprochaban a través de larguísimas cartas que dejaban en nuestro buzón. Eran cartas sin nada de poesía, y nosotros nos preguntábamos, a la luz de una estufa de gas, cómo es posibles escribir una carta sin poesía, si hasta las facturas del teléfono tienen su poema raro, futurista, pero hermoso. Decidimos por eso mismo asesinar a nuestros vecinos. Dispusimos todo tipo de armas sobre la mesa camilla de la salita, las recortadas del numerito en la Fnac, los cuchillos de Teletienda capaces de cortar clavos acerados, los vhs de Kent Loach, las obras completas de Doris Lessing, un calconcillo usado de Louis Ferdinand, incluso nuestra amada Hispano Olivetti, que era la misma, pero la mismita que arrojara el bueno de Beno por un acantilado al vacío con el corazón encogido, como si estuviera arrojando a su propia mujer. Y también veneno de serpiente, tarjetas de crédito, cicuta, una versión defectuosa que Franklin hizo del pararrayos, pastillas de camello adolescente, y cosas así. Los perros ladraban cada vez más. No sabíamos qué arma elegir, las garrapatas mutantes adiestradas, el líquido fosforescente que se derramaba por las grietas de un barril de la bodega, el bebé que nació de una noche de amor entre una poeta y un argentino, todo era confuso, y los perros no callaba. La vecina gritaba como una loca en su cuarto de baño. No sabía lo que se estaba guisando al otro lado del tabique. El vecino cortaba el césped del garaje con furia. Nosotros nos debatíamos ya entro dos únicas armas, el televisor con TDT o la bomba de ultrasonidos capaz de aniquilar a toda una civilización sin romper ni un plato. Los perros gritaban más que ladrar cuando nos por fin asomamos a la ventana. Y ahí fuera, como un milagro, había empezado a nevar.

jueves 26 de noviembre de 2009

Cuando volvamos a casa

Se habían cerrado las puertas como pianos de cola. Qué manía con quemar las naves, con volar los puentes. Qué nos había dado con el pasado, no lo sé. Un buen día nos levantamos de la cama y ya no queríamos saber nada de él. Pensábamos que encontraríamos otro camello que nos pasara morfina, otro cretino que nos contara sus cuentos, otra camarera que nos echara a la calle. Teníamos demasiada confianza en nuestro instinto. No valíamos para tanto. Y el viejo operario de la única imprenta de aquella ciudad de provincias se negaba a lanzar nuestro fancine, qué tío. Decía que éramos unos pornógrafos. Ya quisiéramos, nos defendíamos, ya nos gustaría ver lo que ven los pornógrafos. Ésos sí que son unos visionarios, y no los poetas. El invierno se retrasaba como una novia, pero nos mandaba, de cuando en cuando, alguna de sus criaturas, una noche de frío, un cielo hecho con latas recicladas, unos leotardos sobre el pichi de una amiga. Los supermercados colocaban serpientes de espumillón sobre los productos de primera necesidad. Las azafatas se echaban en los mofletes colorete bermejo. Y, también como cada año, Ronald el payaso comenzó a recitar poemas de inusitada belleza: tus ojos son dos pozos de aguas negras, dos piedras lunares de obsidiana, dos túneles de los que no salen trenes, solo entran y desaparecen para siempre. Y nosotros lo escuchábamos con el corazón embalado en un paquete urgente, con las manos cerca de un fuego que apenas nos calentaba, y que rugía como la melena de un león.

lunes 23 de noviembre de 2009

Cuando volvamos a despertar

Nos dimos cuenta de que la sangre que se nos agolpaba en la boca no sabía a nada. Estábamos vacíos por dentro. Si en ese momento nos hubiese atropellado un coche, habríamos salido por los aires para caer lentamente, como las plumas que pierden los pájaros en el vuelo. En plan grandilocuente dijimos aquello de que la vida era una bifurcación de carreteras mortales. Y en plan grandilocuente nos dimos a la fuga. El mar estaba helado como un cadáver en el depósito, precioso. Unas cuantas lágrimas nos habrían venido de fábula, pero nada. Qué cojonudos que éramos. Quizás estábamos en el peor momento de nuestras vidas y ni unas míseras lágrimas teníamos. Luego bebimos vino tinto, sangre de toro, ron Santa Teresa, tequila Río Seco, tequila La Mordida, tequila Oceánico, y otra vez ron El Antillano, y caímos en la arena como trapos sucios, como vendas cuando ya han cicatrizado las heridas. El cielo estaba más bajo de lo normal. Por entre las estrellas se intuían miradas indiscretas. Menuda mierda la vida, gritamos. Menudo engaño. Y cantamos canciones inventadas sobre el fracaso y el éxito, sobre el amor y sobre la pérdida del amor, y a nuestro alrededor se fue formando un corro de gente que nos animaba, que nos aplaudía. Y cada vez eran más y teníamos que gritar más alto, y más alto. Y gritamos todo lo que nos dio la voz, hasta quedar afónicos y ya no poder cantar más. Y todo el mundo se fue, y nosotros seguimos en silencio, pero seguimos ahí, mirando a la gran nada que es el mar cuando ya es demasiado de noche -una nada llena a abismos misteriosos-. Y no vino nadie a recoger lo que quedaba de nosotros.

viernes 18 de septiembre de 2009

Cuando volvamos a Sonora

Picabia tuvo una idea brillante: Sustituir el motor del citroën por nuestra amada hispano olivetti. El momento de anunciarla, recordaban los presentes, estuvo revestido de gravedad mística, como nimbado por la luz opiácea que reflectaba Teresa de Ávila. Minutos antes, Picabia tocaba el culo redondísimo de una tal Beatriz, a quien ninguno conocíamos. Luego miró fijamente su lóbulo. Sus cejas parecían un puente levadizo sobre un río de aguas fosforescentes. Tomó el lóbulo de Beatriz con el dedo índice y el pulgar y sin soltarla se giró hacia los presente. “He tenido una idea”, comenzó diciendo. Luego nos juntó a todos en el jardín, bajo un cenador vestido con muselina blanca, para intentar buscarla la forma. Soplaba un viento suave y aburrido. Ninguno de nosotros, ni siquiera los beat, tenía la más mínima idea de mecánica, pero sospechábamos que nos haría falta algo de herramienta, uno de esos maletines azul cobalto con llaves inglesas, alicates y destornilladores ¿Y cómo conseguirlo, si no teníamos ni un duro? Gertrude se ofreció a prostituirse un par de días a la semana. No era forma de hacer fortuna, porque la mayoría de los clientes prefería acostarse con su retrato picasiano, pero la mujer puso empeño. Todos los miércoles y los jueves salía con una aparatosa vestimenta pensada para erotizar al más casto de los eunucos del harén de Murat I, y buscaba una esquina donde mostrar que podía ser tan atractiva como cualquiera. Luego volvía con la moral por los suelo. La intentábamos consolar sin éxito, porque la única forma habría sido follarla en grupo, sobre una mesa de billar, en la cocina o junto al confesionario de una iglesia neogótica, como en las películas porno, pero no estábamos preparados para tanto placer. Aun así, y cada vez con menos convicción en sí misma, ella seguía cumpliendo sus horarios. Un día se le acercó un poeta fugado del manicomio de Mondragó, quien la había confundido con un chapero, y cuando descubrió lo que tenía entre las piernas salió de allí pitando, sin abonar la cuenta del francés y el beso negro. Ése fue su último –y único- día de trabajo en el negocio del pescado. No nos quedó más remedio que poner en práctica el plan be. Para ello nos unimos todos de cuerpo y alma. Nadie sabrá explicar nunca qué sucedía con nosotros durante aquellos días. Intentábamos escribirlo, pero se nos acababa el papel higiénico, o se bebía súbitamente la tinta del pilot y la hacía desaparecer. Mejor así, que quede algo sin contar, algo que escape a las sucias manos del mercado editorial y que sin embargo no deje de ser literatura. Teníamos debilidad por los trabajos con recortadas, a última hora de la tarde, cuando las cajas registradoras parecen una sala de fiestas, una orgía de ex presidentes. Pero lo del último golpe se trataba de amor puro, del que no se vende en ningún supermercado. Nada que ver con el dinero. Lo hicimos por puro placer. En el aparcamiento todo estaba en calma. La luz del crepúsculo nos doraba el rostro. El cielo parecía un alacrán herido de muerte. Abrimos el maletero para sacar las recortadas. En la boca se nos endurecía la saliva. Caminamos con lentitud hacia las puertas automáticas. Al entrar, el aire acondicionado nos blanqueó, nos dejó sin un solo glóbulo rojo. Y comenzamos a disparar. Abrimos fuego sobre todos y cada uno de aquellos libros. Dos disparos por escopeta, y luego a recargar. El sonido nos atronaba. En el interior de nuestros oídos silbaban minúsculos mosquitos. La pólvora brillaba como un clítoris, lo perfumaba todo. Nos costó más de cinco mil disparos acabar el trabajo. Pero mereció la pena. Antes de salir contemplamos la belleza de nuestra masacre. En el aire aun flotaban jirones de papel: dibujaban parábolas mientras descendían, antes de posarse definitivamente en el suelo, ahora convertido en un enorme charco de sangre.

lunes 7 de septiembre de 2009

Cuando volvamos a Harlem

Cerca del río, junto a las casetas desvencijadas de uralita, entre los miserables vendedores de libros de lance, una mujer vieja y fea, arrugada como los poemas que fenecen en la papelera, nos echaba los domingos las cartas. Se movía despacio, torpe. Se restregaba baba con la lengua en la encía desdentada. Nos miraba mal. Juraba. Exhalaba una bruma fluvial, fría. Y uno a uno colocaba los naipes sobre su mesa. Ése era el prólogo de nuestros magníficos futuros. Ahí nombraba el porvenir. Nos contaba con detalle todo lo que nos sucedería, nuestro destino bello como una tiara papal, junto a outsiders y eminencias, dando paseos en limusinas por largas avenidas, o con la mano en el vaquero de la prima Fortuna, o con la cabeza entre las piernas de una periodista del corazón. Nosotros, en lugar de creernos esa mierda, lo utilizábamos para alimentar nuestros relatos. Sustento literario, que llamábamos. Verdadera inspiración divina, nos cachondeábamos. Menuda irreverencia, novelar con nuestro futuro. Menudo sacrilegio. Y para colmo, el resultado no estaba mal del todo. Era al menos sorprendente: viajes interminables a bordo de un citroen rojo alfombra, carreteras hacinadas en el dibujo de los neumáticos, luces de farolas y neones resbalando sobre la carrocería como paños de colores eléctricos, toda nuestra juventud derramada sobre la acera, en la barra de un bar, en el césped de los parques, o en la sala de espera de un aeropuerto. Novelábamos también sobre las guapas amantes que marcarían nuestros corazones con sus lánguidos suspiros, con sus besos alcalinos y fulminantes; sobre ceremonias de brujería empañadas por el vapor de mercurio, misas negras en laberínticos sótanos de edificios estatales de Nueva Orleáns; sobre las peleas ilegales de perros contra gallos que nos llenaban los bolsillos de dinero y de estigmas la reputación. Pero también novelábamos sobre las cosas buenas, sobre trabajos honrados: proxenetas de los que guardan en el bolsillo interior de la americana un peine de caparazón de tortuga, traficantes de armas que se alimentan de coca y sexo, marchantes de arte, mecenas, agentes literarios...Y tanto llegábamos a creer que todo aquello era obra de nuestra imaginación, que cuando llegaba el momento, cuando las novelas se convertían en realidad, nos sentíamos como verdaderos profetas. Y comenzamos a proclamar que nuestra palabra valía un futuro entero. ¡Nuestra retórica era puro augurio! Qué gran poder, pensábamos. Y entonces decidimos escribir la poesía de todo lo que aún no habíamos vivido, lo que anhelábamos, lo que se configuraba como sueños, como deseos: la nieve lentísima cayendo en la playa un enero cualquiera, unos ojos marrones gravitando como planetas al rededor de nuestros rostros, unos labios en los que verter la luz gloriosa de nuestros penes, un dormitorio libre de pesadillas... Llegamos incluso a robar los poemas que Macarena había robado a Doña Leonora. Y también odas, églogas, jarchas, palabras tiernas que Dylan se arrancaba del corazón para cepillarse una vez más a Baez, oraciones onanistas que Lorca se dedicaba a sí mismo en cuartos que apestaban a orina, la retahíla de adjetivos que Miller depositaba con suavidad sobre los párpados de Marilyn, versos de tanta belleza que habrían perdido crónicamente todos los certámenes literarios de los ciento quince mil pueblos de España. Trabajamos sin pausa durante meses. Nos llenamos de palabras, de signos, de metáforas. Y finalmente nos sentamos a descansar en el porche de nuestra casa. Un viento amarillo limón nos bañaba la cara, nos arrancaba las lágrimas más sinceras de nuestra vida. Nos balanceaba en las mecedoras de mimbre. Ya sólo teníamos que esperar, con los sentidos abiertos como brazos abiertos, a que llegara futuro con toda la belleza de la poesía. Y esperamos, esperamos. Esperamos.

lunes 17 de agosto de 2009

Temporalmente de baja

Quizás volvamos pronto.