martes 9 de febrero de 2010

Cuando volvamos a brillar


Nos sobraba veneno. Nos quemaba dentro. El corazón era un gato en celo. Las palabras se quedaban prendidas de la ropa de la cama. Hubiéramos muerto en un hotel cualquiera, con moqueta azul acero, con el grifo del lavabo aquejado de líquenes de cal, con vistas a un mar carbonizado por el sol, tú apunto de dormirte y yo merodeando, tú entre tinieblas y  yo por desfiladeros, tú al borde y yo un segundo después de haber tocado fondo, llenos de gloria, de poemas con cabinas telefónicas y circuitos cerrados de televisión, y viejas pesadillas, y sonrisa veladas, y aeropuertos. 
Luego hicimos el amor, nos corrimos y salimos al balcón. Hacía frío y nos tapábamos con una manta.  No había ni una nube en el cielo. Las estrellas, en vez de derrumbarse, nos absolvían, y a lo lejos un carguero cruzaba de lado a lado el horizonte. Y yo te dije que tenía que haberte agarrado por la cintura aquel día, con el sol cegador a la espalda,  y que luego estuve apunto de volverme loco, y cada beso que no me diste entonces me pesaba como a un creyente un pecado mortal, como una condena, como si ya no hubiera posibilidad de brillar, y tú te giraste y me dijiste algo al oído.
Palabras rotas, vidas cruzadas, maletas, apartamentos céntricos, ruido, giros postales, glorietas con viento, cedés, pómulos, libros con tréboles, tirabuzones, peleas en la cocina, planes torcidos. Es tan difícil volver a brillar.

viernes 5 de febrero de 2010

Audrey, las gaviotas


Llevo una semana viendo cómo sale el sol por el Mediterráneo. A primera hora en la arena del Postiguet no hay nadie. Alrededor quedan los restos de la noche, cristales rotos, charcos de pis, paquetes de tabaco arrugados. Todo bastante deprimente. Todo quedándose frío.  Luego vienen trabajadores municipales y se llevan de allí la mierda. Audrey llega cuando ya está todo limpio. La veo venir. No reason to get excited.

martes 2 de febrero de 2010

Desayuno

¿Puede alguien odiar a los poetas y escribir poesía?, me pregunté esta mañana, a la hora del desayuno. Audrey me pidió que subiéramos a la azotea, porque quería tomar el café mientras el sol asomaba el morro en la curva donde acaba el mar. ¿Puede alguien odiar a los poetas -a todos y toda su obras, su intención miserable de arañarte una sensación con  palabras- y escribir luego un poema? Luego ella me enseñó sus calcetines de rallas de colores y me habló de lipotimias. Estábamos sentados en dos sillas de jardín, que fueron blancas pero que ahora parecían del color de la nieve manchada de las aceras. Ella  se balanceó sobre las patas traseras de la silla y me preguntó, ¿Puede alguien saber lo que es el amor y no haber estado enamorado? Yo le respondí que no tenía la menor idea. Pero creo que es posible.

lunes 1 de febrero de 2010

Ornitólogo

Un rebaño de cirros sobrevuela los tejados. El aire de hoy huele a recodo de bosque. Y eso que cerca no hay ningún bosque.  Casi no hay ni árboles. Audrey me dijo que había descubierto un pasillo que utilizan las aves migratorias para abandonar la península. Audrey tiene facilidad para este tipo de cosas. Me pidió que, cuando pudiera, la acercara en el coche. Hoy hemos ido. Aquello era como de película de vaqueros, lleno de desfiladeros y de silbidos. Cerca de nosotros vimos a varios tipos con prismáticos. Ornitólogos, dijo ella. Fisgones, dije yo. Pervertidos, que son palabras más hermosas. Luego comenzaron a llegar los pájaros. Una nube de pájaros oscuros que apenas movían las alas. Pasaban por encima de nosotros. Se cagaban. Descargaron una lluvia de excrementos blanquecinos. Luego se esfumaron. Se perdieron en el azul del cielo. ¿Dónde irán ahora?, se preguntó Audrey. No lo sé. Solo sé que esto es tristísimo. Nos dejan aquí su mierda y se piran, dije yo. Como los turistas, dijo Audrey. Sí, igualito que los turistas, que dejan aquí su mierda y se van. Y ella dijo, Qué suerte tienen las hijas de puta.

domingo 31 de enero de 2010

El día que comencé a leer a Montero Glez

Un viento peleón la ha tomado con la costa. Despeina a las señoras que pasean, agita el flequillo de los toldos, arranca la espuma de una ola y luego la disuelve, la desintegra. En el chiringuito si pides una Mahou no te ponen patatas fritas. Si pides otra marca de cerveza quizás sí, pero con la Mahou no tienes derecho a aperitivo. Es una especie de discriminación incomprensible que me inspira mucho a la hora de escribir. Si uno piensa un rato en este tipo de absurdos, descubre infinidad de resortes poéticos. Los intermitentes de los coches también tienen su relato. Lo obvio: imaginar que nos ponen a todos unas luces amarillas que parpadearan cuando fuéramos a girar a un lado o a otro. A las personas digo. También a la chicas. El giro sería, claro, algo metafórico. Por ejemplo, si en plena conversación fuéramos a cambiar de parecer, accionaríamos antes la palanca. Un sonido de un diapasón nos acompañaría unos segundos. Nuestros interlocutores comprenderían, reducirían la velocidad, tomaría las precauciones necesarias, y nosotros maniobraríamos. Sin sustos. O en una relación, cuando aparece un tercero. Antes de tirarle los tejos, antes de joderlo todo, avisaríamos a nuestra pareja activando el intermitente. Lo cual me hace pensar que un tercero es siempre una opción. Un tercero es una puerta. Un segundo es un pasillo, y un tercero es una habitación a un lado. Pero no es una buena metáfora, porque el pasillo sirve para acceder a las dependencias, para comunicarlas. Y el segundo no debiera servir para eso. No está en su naturaleza. Y lo cierto es que no hay intermitentes. Los intermitentes no existen, y menos en esta ciudad. En esta ciudad existen los golf. Y existe el viento levantino y carbónico. Sopla el último día de enero, y eso le da significado distinto. Y justo ahora amaina. Las señoras reducen el paso. Las que vuelven cargadas con las bolsas del mercadillo y las que solo pasean.  El camarero, que lleva un rato mirándome mientras escribo esto, me pregunta si deseo algo más. Y le digo que sí, que un aperitivo. ¿Y de beber?, me pregunta. De beber una Mahou. 

Por qué no puedo tener un blog normal, como todo el mundo

Desde la ventana veo a jugadores del golf que se pasean campo arriba y luego campo a bajo. El golf es un deporte apasionante. Algunos van andando, empujando un carrito con ruedas, otros van montados en esos vehículos tan monos. El perro ladra cuando pasan cerca. Si por ejemplo estoy durmiendo la siesta, el perro me despierta porque pasan extraños junta al jardín. Es un incordio, pero tiene su lado útil: si me la estoy meneando en el salón, el perro me avisa de que los jugadores me pueden sorprender. Casi todo son hombres, pero también se ve alguna que otra mujer. El antiguo inquilino de esta casa se dejó en el trastero un juego de palos. Son una preciosidad. Parecen extraterrestres famélicos en una cápsula que les protege de la luz solar. Una familia de marcianos que hibernan en un rincón de un húmedo sótano. El día menos pensado me los echo al hombro, salto la verja y me lío a hostias con los jodidos jugadores del golf. Qué pinta de hijos de puta que tienen todos. 

martes 26 de enero de 2010

Cuando volvamos a Miami



Era como si nuestro corazón no hiciera pie en una piscina de vinagre.Tragábamos nostalgia como un náufrago agua salada. Entre las manchas de moho de las paredes de la celda distinguíamos santos de escapulario. Por las noches, nos visitaban luciérnagas crepusculares, es decir, de luz arrebolada, que venían atraídas por las migas del pan rancio. Las mantas estaban siempre húmedas. Uno de los funcionarios -el encargado de vigilarnos por las noches- escuchaba programas deportivos durante horas. Todo lo que lloramos. Nuestras lágrimas salaron el agua de los ríos y por la mañanas aparecían peces muertos en las orillas. Asesinados por la tristeza. No había castigo en el mundo para nuestros terribles crímenes. Un sacerdote nos dijo: Dios creó el infierno porque os temía demasiado. Un preso común, un cubano con el rostros atravesado por cicatrices, se cagó de miedo al oírnos decir que no teníamos ni cojones ni palabra, y que no había quién se fiara de nosotros.